Samsha: ¿sueñan los cocineros con ser artistas?


El nuevo Samsha de Víctor Rodrigo:
¿sueñan los cocineros con ser artistas?



Víctor Rodrigo, alma mater de Samsha es un chef arriesgado, creativo y original que hace ahora dos meses, tomó la decisión de romper con todo y dar un nuevo aire y también un concepto diferente a su restaurante –ahora no quiere que se le llame así–, pues como el mismo dice, y tras diez años, notaba un cierto cansancio y unas ganas tremendas de transformarse y tomar un rumbo, que, atendiendo a lo visto, probablemente tiene mucho más que ver con las artes plásticas que con la gastronomía.

Tener como meta en la vida ser diferente es complicado, pero querer serlo en el siempre difícil mundo de la gastronomía es todo un reto, porque uno piensa que puede ser muy original, pero probablemente alguien en cualquier rincón del mundo esté realizando algo parecido a lo que uno hace. De hecho, este nuevo show culinario o representación teatral, protagonizado por Rodrigo, al que hay que venir con la entrada comprada con antelación, recuerda vagamente al que oferta el chef Paco Roncero en su restaurante Sublimotion de Ibiza. 



Música moderna, luces de colores, hojas que caen del techo y muchos, muchos efectos especiales, tanto en la comida como en la puesta en escena, es lo que podrán disfrutar aquellos que deseen gastarse 80 euros en un restaurante (perdón, no debo llamarlo así), cuya puesta en escena comienza desde el momento que se entra por la puerta y se accede a una especie de chill-out decorado como una teteria de los años 80, donde Víctor Rodrigo, convertido en maestro de ceremonias, ofrece unos aperitivos peculiares y un tanto transgresores: Peces tropicales de ajo blanco y ajo negro, camarón y cebolla, curry y violetas, con un mar del Caribe de carbónico y albahaca. Michelada nitro, chocolate salado de pizza y torreznos de piel de jamón cocidos a baja temperatura, y quizás lo mejor fueran una especie de patatas chips ovaladas realizadas con alga nori, jamón y queso que iban acompañadas con ostra, helado de ostras y helado de jabugo


Más tarde pasamos al comedor (no sé si llamarlo así), que recordaba vagamente al puente de mando de la nave Star Trek. En este gran espacio y alrededor de una mesa, que no sé muy bien cómo definirla, nos sentamos los comensales. En el centro se proyectaba cada una de las propuestas gastronómicas de un total de tres, que podían ir maridadas con vinos –excelente el tinto Casa Castillo El Molar, soberbio garnacha de Jumilla–, cervezas o aguas.

Quizás lo más novedoso de todo es que no hay platos, digamos que la gran mesa en forma de herradura, diseñada por la firma castellonense Neolith es un lienzo frente al cual se sienta el cliente y en el que el chef y sus asistentes van montando poco a poco un cuadro artístico-gastronómico que comienza en un extremo de la mesa y acaba al final de la misma.

El primer plato fue “El Bosque”, nada novedoso la verdad, pues todos podemos recordar un plato similar de Quique Dacosta, pero debo decir a su favor que era visualmente hermoso observar como poco a poco y delante de las propias narices de uno, aparecía la tierra (boletus y trompetas), rocas (pan de sésamo y avellana), piedras (macadamia), musgo (orégano), líquenes (tomillo limonero, salvia), setas (boletus, amanitas y simejis). El tronco de un árbol (guiso de seitán), ramas (yema trufada) y hojas (pinocha de soja especiada, tomate y boletus)


Todo muy sorprendente hasta que dejaba de impresionar al probarlo, pues todos los componentes de este curioso bosque culinario están fríos, incluyendo el guiso de seitán que no debería estarlo.

Para degustar la segunda propuesta llamada “Fluor”, se desmontaba y limpiaban los restos del primer plato. Mientras sonaban los Chemical Brothers se colocaba una salsa ziritione, crumbel refractante, brazo de gitano de mantequilla y ajo negro, abejatostada con bacalao confitado, pastelito de chirivía, nem de cochinillo con su puré de papas y gamba baozi rellena de ceviche. Lo más curioso de todo es que era cocina fuorescente, pues cada pequeño bocado que conformaba esta extraña sugerencia se iluminaba en tonos amarillos gracias a la luz proyectada. De nuevo todo frío, de nuevo todo pura estética y de nuevo esa extraña sensación de no saber muy bien qué es lo que se está comiendo y de si lo que te estás comiendo te gusta. 



El postre denominado “Arco Iris” estaba conformado por bizcocho de yema, yema tostada, rocas de guanábana, cobertura de chocolate blanco, chocolate blanco, yogur, frambuesa, brownie chocofresas, crujiente de sésamo, mousse chococaramelo, glaseado de caramelo, bombones de petazetas, marmolado aéreo de galleta. Nada que objetar. 


 
Entre propuesta y propuesta colgaban en lo alto unas mariposas hechas de esponja que venían impregnadas de un mojito de frambuesa. Tan sorprendente como desagradable percibir en el paladar el tacto de una esponja viniera de lo que viniese impregnada. Y por supuesto, durante toda la cena, que duró más de tres largas horas, no dejaron de sonar diferentes músicas y sonidos. 


Creo sinceramente que la iniciativa es buena, que entremezclar arte y gastronomía es una excelente idea pero también creo que la culinaria ofrecida no está bien planteada, que jamás deben disfrazarse tanto los sabores y las texturas con tal cantidad de preparaciones distintas, y que el nivel de asombro de una persona nunca dura más de 20 ó 30 minutos como máximo, por lo cual, le recomiendo a Víctor Rodríguez que se replantee seriamente como quiere que sea Samsha en un futuro próximo porque no me gustaría ver fracasar a un cocinero con su demostrada sabiduría y con sus buenas artes en los fogones

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